Red de cientificos y profesionales encaminados al control de la Taenia solium en México

Curiosidades

 
El mito de su fácil solución
Carlos Larralde
 
 
    Suele proferirse en diversos escenarios,  y aun escribirse por autores expertos en cisticercosis, lo sencillo que es contener la transmisión de cisticercosis: higiene personal y disposición sanitaria de los excrementos humanos.....
 “Manos limpias y letrinas”. “No coma caca”.

    ILUSTRACIÓN POR ANA VINIEGRA
 
 
    A manera de demostración suele argüirse que esas medidas lograron reducir la transmisión de la Taenia solium en Europa Occidental, al final del siglo XIX. Y en efecto, así fue, pero no fue fácil ni mucho menos sencillo y menos aun inmediato. Se ignora o no se reconoce que el control de la transmisión fue el desenlace de un proceso histórico, el cual duró siglos e involucró a factores culturales, sociales y económicos. La dificultad estriba en que la sociedad afectada, gobierno y comunidad,  lleven a cabo las medidas de control. De hecho, la larga lucha que libró Europa Occidental durante seis siglos en contra de la cisticercosis, es más un ejemplo de las dificultades que encuentran los esfuerzos por contenerla que la historia de un triunfo fácil. 

    Europa no se deshizo de la cisticercosis en un santiamén. El más antiguo edicto oficial prohibiendo la venta de “carne de cerdo granujiento” fue emitido por el Conde Raoul de Neuchatel en 1261 y fue seguido por numerosos otros igualmente infructuosos, en lo que ahora es Alemania, Francia, Países Bajos, Inglaterra, etcétera. Los edictos eran acompañados de severos castigos a los criadores, carniceros y comerciantes de cerdos cisticercosos y su cumplimiento vigilado por complicadas burocracias y medidas institucionales de inspección y decomiso, pero sin lograrlo plenamente sino hasta 600 años después, cuando se relacionó a los cisticercos con la solitaria y a otras enfermedades gastrointestinales con la contaminación fecal del ambiente y se profundizó y extendió la ingeniería sanitaria en Europa y América del Norte (Viljoen NF.1937. Onderstepoort J Vet Sci and Animal Industry 9(2):337-571).

 

    Ni tampoco requirió solo de edictos y reprimendas en los tiempos de feudos y reinos, la actitud de una comunidad emancipada fue decisiva. En el siglo XIX Europa  transitaba  por la estela del Siglo de las Luces, tras el triunfo de la razón sobre el oscurantismo y sus consecuentes transformaciones sociales, la teoría microbiana de las infecciones, la revolución industrial, las repúblicas, la revolución tecnológica, las profundas conmociones filosóficas que prendieron la voluntad y el entusiasmo ciudadano por transformar su entorno, su estilo de vida y su aprecio por la salud.

    Este no es el caso en México ni en el Tercer Mundo de la actualidad, tan pobres en buenos gobiernos, educación, credibilidad y actitudes constructivas de personas e instituciones. Y tampoco es ahora  políticamente viable en Latinoamérica  la estrategia seguida por la  Unión Soviética, quien dominó a la cisticercosis hasta mediados de los 1900’s a través de tratamientos masivos compulsivos en los habitantes de sus zonas endémicas (Gemmell M. et al. 1983. VPH/83.49 World Health Organization Geneva, Switzerland).

    Las precarias economías del Tercer Mundo, agobiadas por múltiples necesidades financieras en salud pública y otros sectores, no pueden solventar los imposibles costos de proveer letrinas y drenajes a todas las casas de la multitud de poblaciones rurales instaladas en las intrincadas geografías de sus áreas endémicas. Ni tampoco hay indicios de intención de usar las letrinas por parte de los desesperanzados ciudadanos de las zonas afectadas, mas preocupados por comer, beber, entretenerse y cobijarse que por reducir sus riesgos de enfermedad: un beneficio inconcreto, un malabarismo probabilístico. Y las esperanzas de soluciones tecnológicas, tipo vacunas y fármacos, aun siendo baratas y efectivas en el laboratorio y en algunas laboriosas pruebas de campo, resultan un tanto ingenuas pues se encuentran con la dificultad logística de hacerlas llegar y administrarlas a los millones de feroces cerdos deambulantes que se renuevan cada año. En la cisticercosis porcina, seria la cuadrilla de vacunadores quien tendría que acercarse hacia los más de cinco millones de cerdos rústicos distribuidos sin ton ni son en un territorio enorme, y tendría que atraparlos, sujetarlos e inyectar a cada uno.   El medio rural de los países con cisticercosis no consiste en pequeños territorios adornados de atildados bosquecillos y de prados y llanuritas que parecen jardines, y no están poblados por confiados y alegres campesinos que sonrientes reciben a los visitantes, sino que los territorios son inmensos, variados, desprolijas víctimas centenarias de la devastación perpetrada por propios y extraños, y el talante de sus habitantes, falazmente caricaturizado como alegre y simpático, muestra ya el recelo, cuando no el enojo, en respuesta al centenario e injusto abuso que han sufrido : “Here, there be monsters”.

    La nueva esperanza de control coloca a la acción en cada persona y consiste en prevenir enfermedades por cambios voluntarios en las conductas de riesgo, inducidos en la comunidad por los medios y métodos modernos de comunicación persuasiva. El poder de los medios es irrefutable en cuanto a labrar la conducta social en asuntos triviales y profundos, como son los detergentes y la ideología, respectivamente. De hacerse con ahínco y creatividad similares,  la nueva esperanza quizá fortalezca y extienda el impacto de los edictos, sermones, lavabos, letrinas, vacunas, fármacos e insuficiente inspección sanitaria.

    Sin embargo, aun el uso creativo y sanitarista de los medios contra la Taenia solium encontrará dificultades, como las han encontrado las campañas publicitarias para reducir el consumo de tabaco, drogas y alcohol, la obesidad, la hipertensión, el SIDA, el carcinoma cervicouterino, las infecciones intestinales y sus secuelas plagadas de morbilidad y mortalidad, sobre todo en países en vías de desarrollo sociocultural.

    La indolencia de un sector numeroso de la población ante los riesgos de una enfermedad cualquiera, quizás sea el enemigo principal del éxito de las medidas de control basadas en cambios de conducta, y muy especialmente en el caso de las infecto-contagiosas pues bastan unos cuantos indolentes para dar al traste con los esfuerzos de muchos.